—«¡Ya detente, arrodíllate y respira!»— le decía mi corazón a mi cuerpo. O tal vez era mi mente hilando un relato nuevo entre el miedo y la asertividad. O quizás, simplemente era mi lóbulo frontal tratando de contener un estado de ánimo sombrío, que golpeaba con fuerza para establecerse como el líder de aquellos meses de vulnerabilidad.
En ese entonces, las sesiones de coaching no me generaban suficiente sustento ni una satisfacción plena. El mercado estaba saturado y el impacto de la pandemia había endurecido el panorama. El estancamiento era mi primer pensamiento al abrir los ojos al igual que el último al cerrarlos.
Aquella noche, mientras dormía, escuché de nuevo esa voz interior. Pero esta vez fue distinto: llegó para abrazar cada célula de mi ser. Recuerdo vívidamente cuando dicha decisión me invadió hace ya varios años; fue como una orden interna, tajante: «es hora de comenzar de cero. Punto».
El profesional desempleado así como el empresario fracasado que habitaban en mí se pusieron de acuerdo; soltaron la culpa, se perdonaron mientras permitían que el llanto fluyera para aliviar el alma. Fue un sollozo libertador que rompió cadenas y ahogó la tensión, regalándome la mejor noche de descanso que había tenido en seis meses.
La revelación me sorprendió quieto, en silencio, de rodillas, con el pecho apretado. Nunca supe cómo terminé en esa posición al lado de mi cama, pero por primera vez estaba en total paz.
Muchos años de carrera exitosa sumados a una docena de inviernos como dueño de una empresa que ya no existía eran ahora mi materia prima. En ese instante la crisis dejó de cobrar importancia; entendí que nunca la había tenido, pero que por alguna herencia cultural, yo sentía que necesitaba un castigo. Antes de esa noche, había olvidado mi valor como ser humano así como al hombre que había construido aquel camino con esperanza.
Decidí soltar tal carrera junto a esa vida, expresarlo parece fácil; pero ejecutarlo y dejar que sucediera fue el verdadero reto. Elegí no volver a ser dueño de una agencia de publicidad ni trabajar en ello como freelance. No por incapacidad, sino porque sentía que mi vida entera exigía una renovación total.
En ese proceso de despojo, opté también por dejar de brindar sesiones de coaching uno a uno. Me producía una profunda tristeza ver a personas que deseando mejorar, se conformaban con cuarenta minutos de quiebre e incluso cero minutos de acción real. Lloraban, se desahogaban y volvían a su «normalidad» aliviados por un par de semanas.
La gente se acostumbra a tolerar lo que cree que es su realidad. Así que eso también lo dejé ir. Finalmente, el jarrón estaba quebrado y vacío; era la única forma de dejar entrar la luz.
No te hablaré de la vida llena de proyectos que disfruto hoy, ni de cómo logré reiniciar a los cuarenta y dos años. Pero sí te diré esto: ¡Fue como morir para reencarnar en alguien que sabía perfectamente qué hacer con el resto de su existencia!
Hoy te escribo como experto internacional de liderazgo, pero deseo hablarte de autoliderazgo, mediante el análisis de esa temporada en la que me tocó morir para vivir. Lo haré simple: aquí tienes una lista de aprendizajes nacidos de mi experiencia, por si te identificas con esta historia.
Decálogo para el autoliderazgo desde la quiebra
- La luz solo entra si te quiebras: si vas a romperte, que sea para vaciarte y llenarte de algo mejor. No temas a las grietas; por ahí entra la claridad.
- Arrodíllate para recibir: hazlo para encontrar tu propia humildad, desde el suelo el niño que fuiste puede recibir el abrazo del adulto que eres hoy.
- Aléjate de la complacencia: toma distancia de quienes toleran realidades que odian. La gente que dice mucho y acciona poco, termina contagiando su inercia.
- Suelta la carga de la culpa: no desperdicies tu energía arrastrando errores pasados. Mira el fracaso como las materias de una maestría; si vas a errar, hazlo en grande y aprende rápido. Eso te hará inmune a los días oscuros.
- El viaje tiene varias estaciones: tú eliges dónde detenerte o bien dónde permanecer. Disfruta el trayecto y busca compañía de personas con resultados tangibles.
- Frecuenta el silencio: todo lo grandioso nace ahí. Detrás del silencio está tu «yo del futuro» con las respuestas que tu «yo del presente» necesita.
- Visita la quietud: estar sereno no es estar detenido. La quietud fabrica universos así como ordena el caos interno.
- ¡Llora!: el llanto es limpieza. Incluso en las escrituras se nos recuerda: Jesús lloró (Juan 11:35).
- Visualiza tu éxito futuro: atrévete a decidir en quién debes convertirte para crear la realidad que sueñas. La abundancia infinita requiere una identidad que sepa sostenerla.
- Tus heridas son tu ventaja: agradece lo vivido; esas marcas invisibles son los trofeos de tus victorias, junto al mapa para no volver a caer en el mismo sitio.
Escucha la voz que te guía, apaga la mente y encontrarás esa «oscuridad hacedora de luz», donde se revelan las instrucciones claras. Camina confiado; vas a estar bien. El autoliderazgo es un ejercicio de decisiones que crea hábitos, carácter al igual que destino.
Lo que has experimentado, de alguna forma lo has causado, ahora, decide qué quieres provocar a partir de hoy. Vuélvete intencional, conviértete por fin, en el líder de tu propia vida.
Fue un honor escribir estas palabras para ti.
Robert Mesén | Arquitecto de marca personal y corporativa
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mayo 5, 2026


